Hace unos días tuve la oportunidad de ayudar de una forma aún más personal. Después de más de 3 años y con más de 45cm de largo, decidí donar mi pelo a una fundación que elabora pelucas para niñas con cáncer. Desde diciembre prometí que lo haría y me esperé un poco más para hacer un donativo un poco mayor. Fue una de las sensaciones más satisfactorias que yo haya sentido y todos los días me lo recuerda el verme al espejo con el pelo corto. De corazón espero que le sea de utilidad a alguien.

Sin embargo, el objetivo de este post no es para “presumir” el donativo, sino para platicarles el sentimiento y sobre todo invitarlos a que justamente ayudemos a la medida de nuestras posibilidades. Comprobé que el ayudar cuando se hace de corazón a quien realmente ayuda es a la persona que lo está haciendo. Comprobé lo que dicen los budistas que en el dar encuentras una fuente de felicidad y ellos no lo relacionen con bienes, sino con una visión más amplia de su entorno y de la persona en sí.

El dar es todo una disciplina que te ayuda a trabajar el desapego y el ego, porque en el momento en el que das, debes también que aprender a recibir.

Al final, la satisfacción y el sentimiento al dar debería de explotar en el momento en el que lo estás haciendo y no cuando te están dando las gracias porque justamente lo que haría lo segundo sería alimentar el ego.

Ojalá y todos aprendiéramos a dar sin recibir del que “lo recibe” nada a cambio y trabajar en recibir lo que de corazón alguien más nos está dando.

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