“Cada persona es un mundo” Esas 5 palabras siguen repicando en mi cabeza cada que tengo la oportunidad de conocer a alguien nuevo. ¡Mi abuelita en verdad era sabia! Sin embargo, hoy se ha comprobado que la genética, el entorno, las experiencias, las emociones, las actitudes, todo afecta en nuestra vida y se va plasmando en nuestra cara. Cada cosa va moldeando nuestro rostro y va transformando nuestras facciones.

A veces tendemos a ser incrédulos en el tema, por eso te invito a que hagas una secuencia de una foto por década (y si puedes más, ¡más!) y verás los cambios que ha tenido tu rostro. ¿Verdad que la forma de tu cara se modificó? ¿Tus ojos posiblemente se cerraron? ¿Tu nariz creció y cambió de forma?  ¡Seguro hasta te salieron algunas arrugas! Efectivamente, la edad empieza a hacer sus estragos y posiblemente a eso se le atribuyan los cambios a la cara. La realidad es que nosotros tenemos la capacidad de ir transformando nuestra cara por medio de la repetición de expresiones que plasmamos en ella.

Día a día interactuamos con gente con la que pasamos mucho tiempo en la oficina y a veces ni conocemos su historia.  Efectivamente, ¡cada cabeza es un mundo! Pero qué fácil sería si tuviéramos la consciencia y sobre todo la disposición para entender más a esa persona y así generar mejores relaciones.

Yo soy de la idea que parte de los grandes problemas organizaciones se producen por la comunicación. Si en vez de estar buscando las cosas negativas de la gente, viéramos sus fortalezas y trabajáramos con ellas, los ambientes laborales podrían empezar a producir en vez de culpar y mentir; a sumar en vez de restar y sobre todo a convivir en vez de competir. Cada persona es única, nosotros no podríamos hacer de la misma manera lo que hace otra. ¿Por qué no aprovechar eso que nos hace únicos?

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